miércoles, 21 de agosto de 2013

UN LIBRO BLANCO



Mi vida, un libro blanco con tapas de caliche; a veces se desconchan y hay que dar una mano de cal para fijar su contenido... Si pasáis una mano por su lomo encalado, se asemeja a pasar una mano por la fachada blanca de una casa de  pueblo; esas fachadas que lamían las cabras para dar a su alimentación un aporte de calcio.
Hay imágenes cambiantes según el estado de mi alma. Está impresa toda mi vida en las diferentes capas de cal, no le pondría color alguno; solo las diferentes tonalidades del blanco iluminarían sus imágenes, y dependiendo del estado de ánimo; irían desde el blanco purísimo cuyas imágenes seria casi imperceptible, al blanco azulado como recién pintado.
Soplando suavemente la portada y sobre ese fondo blanco, veo una ventana que no tuve, con una reja pintada de rojo muy brillante, tras la reja, una persianas de listones madera azul celeste y un zócalo de almagra que traspasando el lomo, continua de contraportada hasta la puerta de la calle; no es muy grande la puerta, pintada de oscuro con remaches de adorno, a juego con el zócalo donde destaca majestuoso, el aldabón dorado muy parecido a un pez.
Al principio, los poemas eran postales mudas, sin sonido alguno, como fotografías de un tiempo antiguo; pero mi pensamiento empezó a vislumbrar ecos de la vida diaria, ruidos, voces lejanas, gritos, ¡illo…, voces sin sentido, pero voces que intuyo que me hablan de cosas ya vividas.
Hay que soplar dulcemente sobre las blancas hojas y parece que ocurriera un milagro. Sobre este libro, abierto soplo y leo… Era una jovencita encantadora, tenía el pelo rubio de niña chica, llevaba hecho en el pelo dos trenzas delicadas, rematadas por pequeños lazos rojos a los extremos. La cara sin maquillaje alguno brillaba con luz propia, la boca pequeña pero bien dibujada, y una línea azul tenue y poco definida proyectaban sus ojos color verde intenso; mal asunto pensé, a mi edad... ¡Pero era tan bonita! Quizás fuera un regalo de los dioses, y como voy  yo a rechazar tales ofrendas...
En otra pagina suelta, esto otro... Recuerdo haber recortado las plumas de las alas a mis gallinas para que no levantaran el vuelo demasiado alto, se saltaban la tapia y tenías que buscarlas en corrales ajenos; ya en mi más tierna infancia tuve que aprender a recortar las alas de las gallinas de mi corral, si te descuidabas te podías quedar sin gallinas, sin huevos, sin carne… Así que cogías el ala, lo extendías encima de un objeto plano y con unas tijeras recortabas el largo de sus plumas e impedías que su vuelo tuviese consistencias. Supongo que hoy en día se seguirá haciendo y como metáfora, alguna vez me lo he planteado, pero he de decir en mi descargo que jamás lo he llevado a cabo. Voy a disfrutar de esta aventura y me dejaré llevar donde ella quiera, es un regalo que me ofrece la vida y durará lo que dura la dulzura de un beso, o como dice el Sabina "lo que duran dos peces de hielo en un güisqui on the rock".
El blanco de la cal de las paredes empastan los recuerdos, e imagino que cada hoja del libro es una pared blanca de una casa en mi pueblo; solo queda como cuando era un niño, cerrar los ojos e intentar llegar a mi casa reconociendo por el tacto cada una de las casas del pueblo de mi infancia.

martes, 20 de agosto de 2013

AHOGARSE EN UN ...


Antigua fuente
Tenía muy pocos años y jugaba por el brocal de la fuente del pueblo, no recuerdo si me empujaron en un lance de un juego o si sencillamente di un mal paso y caí; en cuestión de segundos pasé de la risa del juego a jugarme la vida... intenté levantarme, pero entre el agua que me llegaba al pecho y el verdín de las losas del fondo, no hubo maneras de conseguirlo.
Escuchaba de fondo la algarabía formada por las risas de otros, importaba bien poco, era como la banda sonora de un naufragio, cada vez que intentaba ponerme de pie volvía a resbalar y volvía a sumergirme; me ahogaba y empezaba a dejar de luchar, estaba exhausto en apenas un minuto de lucha.
Estando en esas, sentí que me agarraban por la camisa y me levantaban a pulso. ¡Qué alivio cuando salí del agua! Mi abuelo Antonio que estaba de tertulia tomándose un café con los amigos, acudió en mi rescate probablemente alarmado de no verme entre los espectadores del naufragio. Me quitó la camisa mojada, los pantaloncillos, todo, y desnudo como mi madre me trajo al mundo, me llevó hasta mi casa atravesando medio pueblo. Imaginad la escena, mi abuelo de la mano, su nieto desnudo, mojado como un pollo, atravesando paso a paso todo un pueblo, primero la plaza llena de gentes, luego calle Santa María abajo y enfilando la calle del Cerro arriba, mi calle, yo gimoteando y mi abuelo dando explicaciones a cada vecina que se encontraba a su paso… ”que le ha pasado al niño… nada, que se ha caído el la fuente de la plaza”, recuerdo que con la mano que tenía libre me enjugaba las lágrimas unas veces y cuando me acordaba me tapaba mis partes.
De aquella historia aprendí un par de cosas: que cuando se lucha por la vida, lo que importa es la vida, y que la salud se debe anteponer a cualquier perjuicio; como pasear desnudo antes de pillar una pulmonía. Jamás volví a caer en la fuente de la plaza del pueblo, ya me libraría de caer de nuevo y aparte del fandango de abajo; que nada resbala más que el verdín, ese alga verde intenso que se forma en las piscinas y en los lugares húmedos... ¡Como la fuente de la plaza!

“En la fuente me caí.
El agua a mi me ahogaba.
En la fuente me caí.
Alguien por allí pasaba
y sintió piedad de mí
Del agua a mi me sacaba”

jueves, 8 de agosto de 2013

COLCHONES PARA SOÑAR



Los colchones o jergones de cuando yo era pequeño... Se podían rellenar, por este orden, y según las posibilidades económicas de las familias: de paja, generalmente de trigo o cebada; de farfolla, para los no iniciado hoja seca que envuelven las panochas de maíz; de borra, lana de calidad ínfima y por último de lana.
Los mejores sin duda alguna era los de lana recién batida o aireada. Para ello, había que abrir el colchón por una de las esquinas, y vaciar su contenido de guedejas prensadas; generalmente se lavaban en un barreño de agua hirviendo, esto se hacía para matar a posibles parásitos como chinches y piojos, abundantes en aquella España de mi niñez;  luego se escurría, se dejaba secar al sol, y cuando estaba seca y oreada, se vareaba la lana dándole golpes con una vara de eucalipto,  hasta conseguir devolver la lana su antiguo esplendor;  una vez vuelta a ser introducida en el colchón, se cosía la esquina abierta, y así de mullido, las primeras noches te parecía dormir entre algodones.
A lo largo de mi vida, he dormido como supondréis en todo tipo de colchones: en los de paja, silenciosos y cálidos en su disfrute; aunque tienen el inconveniente del polvo que se filtra entre las fibras de la loneta del colchón; los de farfolla de maíz, los primeros días son divertido, cada vez que te mueves se parece a que estuvieses jugando al escondite en un campo de maíz a punto de cosechar, e incluso puedes imaginar un diálogo caprichoso entre chicharras; los de borra y lana, están hechos para tener sueños dulces y delicados; aunque ya sabemos todos, que a veces los sueños más dulces, se pueden convertir en pesadillas.
Hoy en día los hacen “viscolásticos”, muelles flexibles, espumas sintéticas y otras cosas que mi ignorancia me impide comentar…, los hay ¡hasta de agua!... jejeje,  para me imagino, divertimento de los “niños” y para dormir en un mar de… sensaciones.

miércoles, 7 de agosto de 2013

NIÑO POBRE… NIÑO RICO


Recuerdo unas botas de agua que crecieron conmigo... Me duraron tres inviernos, tienen una historia de amor y odio que ahora os cuento; juro que aunque lo pueda parecer no es una historia triste.
Recuerdo arreglar los pinchazos de las suelas de goma, con parches de arreglar bicicletas; funciona de la misma manera: se lija la superficie, se añade el pegamento recauchutado, se deja unos segundos que lo absorba la superficie lijada, se pega el parche de bicicleta, apretar fuertemente durante unos minutos y… ¡Ya vuelve a ser estanca de nuevo!
No quedaba otra opción que hacerlas durar, fue una obra de misericordia de cáritas de Villalba... Aquel año tocó: un jergón con relleno de borra, un vale por un chaleco de hilo de “cáritas” y unas botas de agua para el chiquillo de Martín el guarda; hasta poco antes de morir mi madre, la recuerdo decir que tenía el pecho abierto del esfuerzo que tuvo que realizar para sacarme las dichosas botas…, a veces, andando por esos caminos de mi infancia, pisaba sin querer un cristal, te atravesaba la suela de goma y la planta del pie; se encharcaba la sangre en la bota y  hasta que no llegaba a casa no había manera de quitarla, era parte del pie y solo la ayuda de mi madre era capaz de separarla del mismo.
En pleno invierno atlántico, vestía con un pantalón cortito hecho de otro más grande, una camisetilla blanca, el chaleco de hilo de “caritas” y las botas de agua, negras y relucientes; lo jodido era arrascarse el picor de los sabañones sin poderte sacar la bota de agua. Dejo que la imaginación de cada cual adorne la anécdota y haga el favor de sacar una leve sonrisa.



¡POBRE MUERTE!





“Hombre pobre hiede a muerto,
a la hoyanca con él.
Que el que no tiene dinero
Requiescat  in pace … amén”






Se la escuché decir a mi padre tantas veces que la tengo añadida como un eslabón más a la cadena de mi ADN. La coplilla por si sola tiene su guasa, la metáfora del hedor de la muerte con la pobreza es brutal ¡Casi se mastica ese hedor inconfundible de la muerte!
Heder es diferente a oler, oler se puede utilizar para bien o para mal; pero heder se debería utilizar siempre para algo desagradable.
La otra palabrita de marras es "hoyanca" y viene a ser la fosa común donde se entierran a los que no tienen donde caerse muerto, en todos los cementerios de España solía haber una de ellas.
Cuando era pequeño era frecuente oír la expresión “oler a perros muertos”. Era muy fácil ir andando por cualquier camino y encontrarte con el aroma inconfundible de lo muerto. Hoy procuramos maquillar su presencia dando enterramiento a todo bicho viviente... Recuerdo caminar distraído por aquellos caminos del campo y que un brusco giro del viento me trajese su hedor inconfundible.
Contemplar un cadáver siendo devorado por miles de gusanos es todo un espectáculo. Cuentan que el mismo Nazareno, un día que iba por esos caminos con sus compañeros de fatigas, pasaron junto al cadáver de un perro en avanzado estado de putrefacción. Todos los amigos se taparon la nariz y escupieron del asco que les producía su visión; pero el Jefe solo se le ocurrió decir aquellos de que “Ni las perlas tienen el brillo del blanco de sus dientes”.
Los humanos modernos seremos recordados por el miedo que tenemos a la muerte... Un miedo que no nos impide precipitarnos en esta huida velozmente hacia ella.