viernes, 27 de septiembre de 2013

PRINCIPIO Y FINAL






Este niño que mira desde una tarde cualquiera y desde un pasado ya lejano, es el que da nombre al blog que acabo de crear. Es el protagonista de todo lo que aparezca por estas páginas y único responsable de lo que ahora soy



Tengo suerte mi niñez es eterna,
no consigo encontrarme a mi mismo.
Pon la lumbre en la sabana, esta helada,
risas de mis hermanos… ¡A la cama!

sábado, 14 de septiembre de 2013

ME GUSTABA...





Me gustaba y me gusta la frase “a otra cosa mariposa” y la solía repetir aunque no viniese a cuento de nada.
Me gustaba hurgar con los deditos a desconchar paredes, era una faena que  absorbía el tiempo y lo disolvía del todo. Empezaba con la fachada de mi casa y nunca sabía donde acabar... Recuerdo las uñas llenas del caliche arrancado: la tía Paca, la Rebolla o la casa justo enfrente de la mía donde el de Pedro Juan trabajaba como guarnicionero; me río,  nunca entendí porque me espantaban a escobazos.
Me gustaba hacer el pino en la pared de mi patio, podía estar mucho rato cabeza abajo sintiendo la presión de la sangre dentro de la cabeza; eso si, no lo conseguí hacer hasta al menos cuatrocientos intentos; era un poco torpón que se le iba a hacer.
Me gustaba jugar con el agua. En la casa del Cerro teníamos el grifo en la puerta de la calle y mi madre para que no diera mucho la tabarra solía ponerme un cubo de aquellos de zinc, así que metía las manos dentro de él y empezaba a remover el agua hasta conseguir que la superficie tocara casi el fondo; una vez formado el vortex del torbellino podía soñar cualquier cosa, desde que navegaba en una barquilla a merced de la tempestad, hasta que era un bravo pirata navegando por mares del sur... El torbellino se asemejaba a mi pensamiento y dentro de los pensamientos todo era posible. Recuerdo acabar con las manos como garbanzos en remojo, arrugadas y feas.
Me gustaba y me gusta la frase “a otra cosa mariposa” y la solía repetir aunque no viniese a cuento de nada.

lunes, 9 de septiembre de 2013

MI CARRAÑACA

Carrañaca,carraca o matraca
Cualquier cosa en las manos de un niño se transforma en un sueño… recuerdo recorrer las calles de mi infancia haciendo girar como un poseso mi carrañaca, hasta yo por aquellos entonces entendía la simplicidad de su mecanismo; además era el único ruido parecido a la música que se podía hacer en la Semana Santa, cuando como decían las viejas “está muerto el Señor” e incluso en el oficio de tinieblas, la hacían sonar durante la misa para simular un terremoto... era decir aquello “Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron…” y el monaguillo se volvía loco girando la carrañaca.
La carrañaca de mis recuerdos me había costado Dios y ayuda conseguir. Rebuscando por todo el pueblo trozos de hierro hasta conseguir los cuatro kilos que me costaba: que si unos flejes rotos del gozne de una cancela vieja, un cerrojo oxidado e inservible, una herradura, unos clavos viejos y retorcidos, una lima roma y algunas cosas que ya no recuerdo,y  a cambio Torbisca o el tío los cacharitos que le decíamos los niños, me dio la carrañaca, un puñado de petardos y cinco cigarritos de matalauva  liados en papel de colores y con los cuales los niños jugábamos a ser mayor.
Era irrompible, no venía con fecha de caducidad u obsolescencia. Recuerdo que la única manera de que dejara de servir era romperle el mango, pero hasta este se podía sustituir por cualquier vara de olivo, morera o eucalipto, al alcance de la navajilla que cualquier niño llevaba en su bolsillo.
La carrañaca de mis juegos de niño, acabó donde acababan todas las cosas que molestan en una casa donde hay alguien enfermo crónico, es decir, arrinconada por tu madre en un lugar fuera de tu alcance y donde no hiciera "ruido"; en mi caso el soberadillo del comedor, donde se hizo un sitio junto a el único regalo de reyes que recuerdo... una guitarrilla pequeñita con la que acompañaba mi incipiente afición a cantar.

INTUICION


Cuando murió mi abuela, yo debía tener unos cuatro años; en otra ocasión, ya conté que mientras la enterraban me sacaron del drama del entierro dejándome en el patio de una vecina; pues bien, en aquellas dos horas  de espera en solitud, generé en mi interior un miedo a la muerte que recuerdo todavía…  ¡Eso que ha pasado de aquello una vida! No me gustaba que me dejaran solo, y cuando me dejaban porque no tenían más remedio, me creía morir… Lloraba, lloraba y lloraba.
¡No me dejes solo, mamá por favor! - Pero hijo, si voy aquí al lado… Hoy día, cualquier psicólogo en un par de sesiones te quita uno de esos temores en menos que canta un gallo; pero en un pueblo de la Andalucía de los años cincuenta, que no tenía ni sacamuelas, y que todavía el barbero ejercía ese “noble” oficio, imaginar un comecocos sería tan difícil como encontrar una jirafa en tu casa a la hora de comer.
Una mañana, mi madre me dejó durmiendo mientras ella tenía que hacer sus recados... Me desperté nada más escuchar como cerraba la puerta de la calle, y comencé a llamarla…, primero en voz baja; pero conforme comprendí que había salido y estaba solo, el pánico se apoderó de mi y caí en una vorágine de terror como no recuerdo haber vivido nunca. Pues bien, estando en ese momento de exaltación extrema, casi rayando al paroxismo, una idea o una iluminación que la llamarían otros, acudió a mi pensamiento como si de una revelación se tratara. Pensé… ”Si ahora mismo muriese, pobrecito mis padres ¡como me llorarían!  ¿Y de mí que sería...? Estando en estos pensamientos, me vino la respuesta con una claridad que no he vuelto a encontrar en todo el resto de mi vida. Pensé que no había nada por lo que temer, si muriese ahora mismo, volvería a nacer de nuevo y mis padres, aunque no tuvieran la misma forma los reconocería como mis padres, y fue tal la claridad de aquel razonamiento infantil, que desde aquel momento dejé de sentir miedo a la soledad y a la muerte.
Más tarde, siendo un hombre, leí sobre la creencia en la reencarnación de algunos pueblos y volví a recordar aquella iluminación que tuve siendo un niño de cuatro años. Jamás he vuelto ha tener miedo al hecho de morir, yo solito me curé de aquel miedo; puedo sentir miedo al como morir, dolor, enfermedad o por los míos, pero miedo a morir, no he vuelto a tener gracias a la intuición que tuvo aquel niño de cuatro años.


viernes, 6 de septiembre de 2013

EL TRIANGULO



Me gustaba jugar a las bolas en la puerta de casa. Mi juego preferido era el triángulo que como su nombre indica… ¡Se jugaba en un rectángulo! Hasta que no conocí las figuras geométricas pensé que un triángulo era un rectángulo por culpa de este juego.
Para poder jugar a este juego, cada uno de los jugadores depositaba una bola o bolón  dentro del triángulo, luego, previo saber el orden que llevaría el juego (se realizaba, mediante el lanzamiento de la bola a una pared/raya/meta; la más cercana a la pared/raya/meta comenzaba). Desde la salida, se lanzaba con la mano la bola intentando acercarse al rectángulo sin caer dentro del mismo, ya que si caías, perdías la bola jugada; desde la posición en que quedabas debías intentar sacar bolas del rectángulo,ya que la bola que salía fuera del mismo, pasaba a ser tuya; además si conseguías darle a la de un jugador, el jugador salía del juego y perdía la bola que dejaba en el rectángulo y esta pasaba a tu bolsillo, podías matarlo desde la salida, intentando acertar a las bolas de los contrincante como si jugaras a petanca.
El juego acababa, cuando uno quedaba superviviente de la contienda…, como la vida misma; algunas veces y generalmente algún grandullón agregado al juego, cuando presumía que iba a perder la bola, cogía  y hacía follín; hacer follín consistía en coger un puñado de bolas del rectángulo y salir por piernas... Gente chunga, ladrones, matones, pendencieros y rufianes los hay de todas las edades.
Como quiera que las bolas o bolones se podían perder con facilidad, nuestras madres solían hacernos unas bolsitas de tela con algún retal; solía bajar hasta el mantillo para coger barro, con este me hacía las bolas que luego me jugaba en el juego y para cocerlas preparaba con unos ladrillos un pequeño horno donde las cocía y además las coloreaba con añil o azulete.¡daba gusto ver lo hermosas que quedaban!