sábado, 29 de junio de 2013

NOSTALGIA


Echo de menos las calles empedradas y huyo de los caminos de rulo y alquitrán que la ensucian, eso no es el progreso; solo un intento vano por olvidar quien eres y de donde vienes… Si de mi dependiera, dejaría que lloviese hasta limpiar el alquitrán del suelo de las calles, y cuando los periquitos saltasen de las paredes sin miedo a desnucarse; entonces y solo entonces volvería a llenarlas de niños para que jueguen y canten.
¡Periquito salta un poquito, si señorito ahora mismito… La manita tonta no quiere piñones que le daba miedo de los cigarrones! Cuando volviera  a sentir sobre todas las cosas la risa espontánea de los niños, entonces y solo entonces volvería a disfrutar de sus calles.
¿Donde juegan los niños me pregunto angustiado? Nadie conocerá los secretos del ché, ni podrá dibujar un notriangulo  en la puerta su casa… ¿Cómo harán para hacer un  hoyito en el suelo para jugar al guá y cómo podrán hacer un dique en la cuneta para hacer navegar un barquito velero?


P.D.
- En mi pueblo llamábamos periquitos a los pececillos de plata, (Lepíma sacarina) y jugábamos a que hiciesen un salto mortal hacia atrás pisando su cola con la punta del dedo. 
En mi pueblo llamamos cigarrones a los saltamontes, chapulines o langostas (Caelifera), teníamos por costumbre, atarlos de un hilo y ver como el gato intentaba atraparlos al vuelo. 

viernes, 21 de junio de 2013

LA SIESTA



En veranos de mi infancia... Después de la comida del mediodía, los mayores preparaban la casa para la hora de la siesta; para tal fin, se llamaba a la noche… ”Se atrancaban puertas y postigos de las ventanas para sumirla en penumbra”; en esta atmósfera de frescor y tranquilidad se congelaba el tiempo.
Me costaba conseguir ese sopor grato y calmante, que te llevaba a “echar una cabezadita” como decía mi padre, y así, la mayoría de las siestas las pasaba explorando ese mundo callado en que se convertía mi casa; si alguna vez me dormía, me despertaba con la extraña sensación de haber dormido un mundo... Despertaba confuso y desorientado, muchas veces pensando que era otro nuevo día lo que comenzaba.
La mayoría de los días me construía una cabaña hecha con cuatro sillas y una manta, donde ajeno a las miradas de los mayores podía soñar sin ser molestado; otros, exploraba los cajones de la cómoda a la búsqueda de fotografías antiguas u objetos que despertara mi curiosidad natural, algunos otros preparando con restos de medicinas pasadas de fecha, abonos milagrosos para vigorizar las plantas del jardín.
¿Que extraño es el tiempo? con el paso de los años busco después de comer, poder "echar una cabezadita"... Según las leyes de la física el tiempo es igual a espacio partido por la velocidad o lo que es lo mismo a la vida vivida partida por la intensidad de lo vivido; debe de ser por eso que a veces cuando se acelera el pulso, pasa el tiempo... Volando.


jueves, 20 de junio de 2013

LA TRAMPA DE BARRO





Cuando era pequeño me gustaba ir al Lejío, una finca pequeña que tenía el abuelo Antonio en el término de Manzanilla. Cierta mañana,  yendo para el lejío  montado en la burrilla,  llevando en los serones un pequeño escardillo herencia de mi tito y el hato preparado por mi madre con un poco de comida para pasar el día, ocurrió lo que siguiente:
La noche anterior había estado lloviendo, así que los caminos que llevaban hasta la finca estaban digamos poco transitables; pero eso no arredra a ningún hombre de campo, había cosas que hacer y se iba. Es más, a esa hora de la mañana había salido un trozo de sol por entre las nubes que auguraba la promesa de un buen día. Al llegar a un estrechamiento del camino, la burrilla se atascó hasta la panza dentro de una trampa de barro arcilloso, no pudiendo el animal ni moverse. Mi abuelo, hombre experimentado me bajó de la burra, desaparejó al animal, y a fuerza de varazos intentaba sacar al animal del barrizal en la que había caído.
Desde lo alto de un vallado contemplaba  los esfuerzos inútiles que hacía el animal por salir, y también veía a mi abuelo arreando a la pobre burrilla con una vara de olivo. Al final,a fuerza de golpear al animal, imagino provocó en este un estado de locura e hizo que la burrilla saliera de aquel pozo de barro.
No se que extraña moraleja intuí en todo lo que pasó, pero ya nunca más quise ir al campo. Hoy pensando en la situación vivida, imagino que el abuelo Antonio apeló a una de las mayores fuerzas que existen en el universo, la del dolor y el miedo a padecerlo, así que entre los rebuznos de dolor de aquel animal, supe de alguna manera, que yo no servía para el oficio de mi abuelo.
Recuerdo que mi abuelo, aquel día me entretuvo picando unos ajos con el escardillo al lado de la choza de paja que existía en la entrada de la finca. De vuelta, volvimos al pueblo por el camino de la Fuente; pero ya venia conmigo además de la burrilla que me llevaba, la fuerte convicción de que trabajar el campo no era lo mío.

viernes, 7 de junio de 2013

ALEJANDO TORMENTAS


“Santa Bárbara bendita,
en el cielo estáis escrita
con papel y agua bendita,
por aquí pasó Jesús,
siete veces con la cruz,
Padrenuestro, amen, Jesús.”


“Fuera aparte” del consabido “santa Bárbara bendita”, mi madre; cuando la tormenta estaba en todo lo alto, murmuraba como si de un mantra se tratara, una oración que hacía que las tormentas se alejasen.
En la atmósfera de tensión y oscuridad que precede a una gran tormenta, se recogían los animales en la cuadra y en un silencio respetuoso nos recogíamos todos. Los niños éramos los últimos, pero al comenzar los relámpagos y escucharse el primer gran trueno, nos metíamos corriendo dentro de casa.
Mi madre nos metía en su habitación y toda la casa se quedaba en un silencio total, se podía cortar el aire con un cuchillo; pues teníamos los cinco sentidos en el momento a vivir, tal era el miedo que nos infundía la tormenta. Había que tener cuidado de no andar descalzos por la casa, ya que se suponía que atraía el rayo; así que nos “encamabamos” hasta que esta se alejaba.
En esa atmósfera descrita y cuando los relámpagos y los truenos se confundían en un solo fenómeno, mi madre comenzaba a rezar con voz profunda, casi dejando caer las palabras sobre la tormenta, como instando a que se marchase.

¡Oh Dios santo, trino y uno, Criador del universo!.
¡Oh trinidad poderosa, gran gobernante supremo!.
están los bienes del mundo, pidiendo que los salvemos.
Fe tenemos y vivimos, haced que en Vos encontremos,
alivio en las aflicciones y en nuestros males consuelo.
Premia bien nuestra piedad, descendiendo sobre el pueblo,
ríos de misericordia, de vuestro divino pecho,
atiende nuestras plegarias, mientras humildes rezamos
cantando tus alabanzas. ¡Santo, Santo, Santo, 
El cielo y la tierra esta llena de vuestra gloria, 
Gloria al padre, gloria al Hijo y gloria al Espíritu Santo!

Como quiera que empezaba a rezar cuando la tormenta estaba en lo más alto, cuando quería acabar con la oración ya se empezaban a escuchar los truenos alejarse y claro está, parecía que conjuraba la tormenta, o a lo mejor hasta las alejaba de verdad. Luego, tal como nos habíamos metido en aquella atmósfera de recogimiento, volvíamos los niños a alborotar de nuevo la casa, aflojando la tensión del momento vivido.



 

martes, 4 de junio de 2013

SEMANA SANTA






Lo encontramos sentado en el umbral de mármol de la casa de la calle Maraver, que hace esquina con la carretera; había llovido y el suelo de adoquines reflejaba la poca luz que había en la calle, intercambiamos unas frases jocosas... “¿Coño niño, que haces ahí sentado?” Apenas podía hablar y como pudo, nos explicó que no tenia fuerzas, que si iba para casa y se había entretenido, que si le esperaban”; nos pidió que le ayudáramos a llegar, así que lo levantamos cada uno de un brazo y lo llevamos casi en volandas calle abajo; hermanados, bajamos los tres de cachondeo dando pequeños saltos por el adoquinado de la calle.
A escasos pasos de la puerta su casa, nos pidió que le dejáramos solos, que el podía y no quería que su madre le viese llegar en malas condiciones; trastabillando y tan inseguro como un niño que da sus primeros paso, se dirigió a la puertecilla al tiempo que llamaba a su madre... ¡Mamá, mamá! Todavía no le  habíamos dado la espalda, cuando presentimos lo peor; pues justo al apoyarse en la puerta, la madre la abrió deseosa de su llegada y angustiada por la  imagino tensa espera.
Todo ocurrió deprisa, al ceder su apoyo en la puerta, tropezó con el escaloncillo del pequeño poyete y fue a caer de bruces dentro de casa, con tan mala fortuna que se partió la boca contra los ladrillos del pequeño portal; no sabíamos si reír o que hacer, pues el hecho tenía tintes tragicómicos, corrimos a levantarlo… “Hombre, vaya porrazo te has dado” el, se esforzaba por quitar hierro al suceso por no preocupar más a su madre; lo sentamos en una silla baja y su madre le limpió con ternura la sangre de la boca. nunca en mi vida he visto tanta ternura y a la vez tanta tristeza.  
De  vuelta, mi amigo Andrés y yo, subimos calle arriba comentando entre jocosos y serios, la suerte que había hecho de aquella buena persona un desgraciado. Me quedé para siempre con la imagen mucho más “dolorosa” que las que están en los altares y en las procesiones de mi tierra, la de aquella mujer cuidando con ternura  de aquel “ecce homo” y enjugando cual Verónica, la sangre de su hijo.
.

EL ANGEL DE LA GUARDA



Desde muy pequeñito viví acompañado de la fotografía gris y la sonrisa triste del hermano muerto... Unas veces a los pies de la cama, otras al lado; tan cerca anduvo siempre de mi que he llegado a pensar que es mi ángel de la guarda… En cuanto tuve uso de razón, pregunté a mi madre quien era el niño que me miraba desde alguna pared de mi cuarto.
Mi madre, contaba que lloró desconsoladamente durante años, la perdida de mi hermano; ni tan siquiera la llegada de un nuevo hijo pudo con la tristeza, pues nadie viene a este mundo a sustituir a nadie… “La muerte de uno no te hace vivir el tétrico espectáculo, te hace protagonista y… Debe de ser muy triste, para que negarlo; aunque más triste aun, es ver la agonía lenta de un ser querido…" Siendo yo un chavalín, acompañé a mi padre al cementerio a sacar sus despojos, y cosa curiosa... Seria por la penicilina o por el clima de mi tierra, el cuerpo de mi hermano se mantenía intacto.
Estatua pequeñita, en aquella desvencijada cajita de madera, al contacto con el aire se deshizo muy lentamente, como si de una secuencia rodada a cámara lenta se tratase, en un montón de polvo... Lo mismo, lo mismito que se desvanecen los sueños al despertar.