jueves, 6 de febrero de 2014

SUMISION




Sentada en mis rodillas, tú decías... ¡Deja las manos quietas! Y apoyando las manos en los reposabrazos del sofá de flores, yo te dejaba hacer.
Desabrochaste los botones de nácar de tu camisa negra y me dejaste ver la piel, tu piel; mi corazón comenzó a querer salir de su envoltura para hermanarse al tuyo, pero tu me ordenaste… ¡Deja las manos quietas!  Y apoyando la espalda en el respaldo del sofá de flores me acomodé, y te dejaba hacer.
Sentada en mis rodillas, con un gesto sencillo y estudiado, llevaste las manos a tu espalda y dejaste caer la prenda que ocultaban tus senos y estos, temblando de todo menos de miedo, los acercabas  a mi boca para calmar mi sed... ¡Para quieto muñeco, déjame hacer a mí! Así aprendí a quererte, dejándote las riendas.
Bum, bum, bum, bum... Mi corazón, mi corazón, me llevaba la mano hasta el pecho para intentar sujetar lo imposible; porque  en un descuido, se salió por la boca y se metió a anidar esclavizado en tu alma.


sábado, 1 de febrero de 2014

¿PODREMOS?






Nada tiene importancia. Nada parece tener importancia. El mundo está cambiando y aquellos ideales igualitarios se disolvieron en la agonía del sistema. Alguien debería recordar porque se quería cambiar el mundo.
Me duele el corazón, no es mi mal precisamente la nostalgia. Estoy casi convencido, que la próxima revolución la realizaremos los sexagenarios... ¡Cómo me hubiera gustado asaltar la Bastilla!
Para la gran mayoría de seres humanos se apuran los últimos segundos de un fin de sistema. Se escucha y se mira hipnotizado los mensajes  publicitarios de la televisión, y no parece que nadie haya empezado todavía la revolución; pero un día no muy lejano comenzaremos a apagarnos del todo hasta volver otra vez a sentir el tiempo. 
Por eso digo… Concentración de nuevo, contracción de nuevo, tensión inicial y explosión revolucionaria. Abajo los que desean el poder para siempre. Abajo los que quieren ver al ser humano sometido a su voluntad. Abajo los que desean el conocimiento para imponer su criterio. Ha llegado la hora de los muchos, no será la cultura alienante lo que nos hará libres; sino la cultura revolucionaria y rompedora. 
Los que detentan el poder son pocos, manejan como nadie el conocimiento y además se pasan los derechos humanos por el forro de los pantalones. No tienen otro dios que no sea el de la impiedad, reparten limosnas y pequeñas concesiones; pero el dinero que tienen ellos es producto de nuestro esfuerzo y de su codicia. 
Dicen ¡No tocar el sacrosanto sistema financiero! Yo digo gritando fuerte… ¡Muerte a la insensibilidad de los poderosos, muerte al sistema, muerte al deseo materialista, muerte a los esbirros comprometidos con la ignorancia, muerte, muerte y muerte a todo aquello que coarte la sagrada ilusión por la vida!