viernes, 16 de mayo de 2014

PAISAJE DE UN RECUERDO



Había una vez una casa dejada caer en una calle y acostada en un cerro… La luz del sol de la mañana llegaba desde un extremo a otro de la casa, bañaba de claridad los días y algunas noches se hacían día por obra y gracia de la luna llena.
Desde el umbral del patio, solía escuchar una radio colocada en una repisa bajo la puerta oscura del altillo donde descansaba la bomba colorada y amarilla del insecticida.
En la repisa negra ya la radio no suena, en la repisa la radio esta muda; aunque aun reverbera una canción en el vientre hueco del tambor del insecticida.
¡Zumbido de moscas! El DDT que esparce en el aire la muerte y a la tira atrapamoscas le cuesta balancearse en la brisa cargada de razones.
La visera de cartón ya humedecida por el sudor serpentea la frente y por los puentes se cuela bravo el sol.
Resuena en la tarde el zumbido ronco de un gran abejorro que revolotea las flores del patio y en las hojas verdes de los rosales una oruga recorta su cara con su autorretrato y su filigrana repite, repite y repite incansable. Las moscas, el hoyo de aceite-azúcar, el umbral y el niño que dibuja en el suelo la rama de un árbol con carbón y tiza es todo lo que existe.
En la tapia encalada hace eco la risa del niño que juega y para no olvidarlo lleva pinchado en el pecho con alfilerillos el álbum de cromos con todos sus recuerdos. Hay un niño en el umbral jugando que lleva en su interior a un hombre y un hombre sentado a su lado que lleva en su interior a un niño.
En la puerta de la calle el grifo gotea y para que no pierda la llave maestra, le estoy recortando de unas gomas viejas una junta estanca o una zapata, que es como se le llamaba entonces.
Pasan por la calle hombres con sus bestias que vuelven del campo y en la cuneta de la puerta de casa dos insectos negros andan pegados en una cópula interminable.
Se ha despertado el viento afilando las ramas de los árboles y las hojas doradas de los plátanos brillan lijadas por la arena y el viento.
Brilla la tarde y se escuchan las olas del mar en el rumor de los estorninos y a cada ráfaga del aire, agitan la copa del pino milenario de la esquina del pueblo y elevándose en bandadas... Gritan como creo que gritan los niños al salir al recreo de una escuela.