lunes, 12 de mayo de 2014

RECORTES DE HOSTIA



Las monjas de clausura a través de sus velos me miraban curiosas, tan curiosas como quien mira a un ser de otro planeta o a una jirafa…, yo intentaba mirarlas y a veces, en algún contraluz, vislumbraba sus caras blancas e inmaculadas.
Vírgenes blancas y aunque negro su atuendo, exhalaban un olor a bizcocho y a cielo; ayudé a descargar del remolque con mis delgados brazos, una carga de losas blancas y rojas para remodelar el claustro. 
Después de la dura pelea con las baldosas, me ofrecieron en la vieja cocina de la portera, un gran tazón de café con leche…, en vez de azúcar, me dieron un par de píldoras de piedra y ante las muecas extrañas de mi cara, producidas por el dulzor metálico del falso azúcar, les escuché decir como en una oración improvisada… ¡Pobrecito, que delgadlto está!
¡Mierda de compasión! Cuando ya me marchaba, les escuché reír tras el desvencijado torno de madera, y comprendí, que aunque tenían voto de silencio, la sola presencia de una jirafa; había conseguido extraer para mi recuerdo aquella risa frágil y delicada.
En el umbral del patio, escuché su llamada sigilosa y el torno de madera que giraba de nuevo…, esta vez, para regalarme un cartucho de papel de hoja de ángel, lleno hasta arriba de recortes de hostia.
Aspiré por última vez el aroma de los limoneros del patio y una vez en la calle, sintiendo las manos escaldadas por la brega de descargar las losas; me fui comiendo poco a poco los recortes de hostia  e imaginando en cada bocado de aquel pan sin sustancia, como se viviría el tiempo entre aquellas paredes blancas.