viernes, 11 de abril de 2014

PADRE

¡Mis padres!... Se me llenan los ojos de mariposas blancas cuando los siento cerca en el recuerdo. Ahí los tengo juntitos, pegados en el corcho de los sinsabores con unas chinchetas de colorines… Soñar con la gloria es un privilegio al alcance de muchos, aunque son pocos los que llegan a acariciarla.

Te recuerdo subiendo despacito, midiendo cada paso de la calle y haciendo interminable la  subida. Te parabas para tomar impulso y seguías calle arriba...  Inclinabas exageradamente la cabeza hacia tu lado herido, te quitabas la gorra, y secabas tu frente con un pañuelo claro. ¡Que descanso, cuando se recortaba la sombra de tu cuerpo en el poyete! Verte subir así era estremecedor, quien te viera subir, presenciaba una nueva estación del vía-crucis.
Sentado en uno de los bancos de la plaza, ensimismado, absorto en reflexiones, parecías una estatua… ¡Un estilita! Aunque intuía un profundo agitado, gustaba imaginar que eras feliz. Siendo joven e idealista, participaste en la orgía de la guerra; ahora mayor y sabio odiabas la violencia y en un mundo de hormigas, te cambiabas de acera para evitar pisarlas.
Cuando al anochecer, volvías del campo por el camino  del cementerio, te parabas en la vieja cancela a charlar un momento  con los que ya no estaban. ¡Que a los muertos les gusta revivir por un rato! Con un trozo de caña, un periódico viejo, un rollo de hilo tonto y  trapos de colores, me enseñaste a hacer un papagayo. Lo hicimos volar una tarde de julio, aún siento la tensión mientras daba carrete. Le enviamos a Dios una carta para que te curaras.
Al final del verano recaíste de nuevo, recuerdo aquellos frascos con estreptomicina; se llamó a don Francisco para darte el santolio. No me dejaban acercarme a ti y odiaba a las personas que venían de visita. Estaba tan acostumbrado a tus radiografías y a  conocer el mal que te mataba, que apuñalaba la mancha que te hería. ¡Pero no era tu hora! Una mañana de un invierno cualquiera, te lanzaste en brazos del destino y por un largo tiempo yo me quedé sin padre; supe de tus pesares y de tus fatiguitas por mi madre. Fue un tiempo tan vacío que no recuerdo nada.
Al verano siguiente se preparó el retorno, se puso una ventana en tu cuarto vacío y esperé tu regreso. Regresaste partido, Lázaro redivivo apareciste, y blanco como toda la cal que había en la calle. Empezó un tiempo nuevo, un añadido. Me mudé a la cabeza y dejé el corazónSe movieron las ruedas del destino y salté trastabillado, en busca de un lugar donde hubiera un futuro con mi nombre.
Aunque siempre presente, ya nunca más volviste a señalarme un norte. Arrastraste estoico el trozo de tu cruz e hiciste tabla rasa con todo. Liquidaste las deudas y nos fuimos del cerro al palomar. Te recuerdo afanarte haciendo montoncitos con el engañabobos de las rifas. Pensionista de nada y  menguado de por vida, tuviste que ingeniarte el ganarte un jornal. ¡Ay padre! sin Manuela que poco hubieras sido. Suspirabas profundo cuando no eras feliz, eras parte del todo que es un pueblo y espero donde te halles… Te sientas como allí te sentías.

domingo, 6 de abril de 2014

EL SAGRARIO

“Vamos niños al Sagrario que… 
Un niño.
Tras la enrejada puerta y la inocencia inmaculada... de rodillas ante Dios no piensa en nada y reza absorto ante la Maravilla. Suelo de mármol y en las paredes losas de Sevilla; ante el altar dorado donde se guarda a Dios como enjaulado; quiere con Dios estar y está en la gloria.

Un joven.
Adolescente imberbe, postrado de rodillas ante el altar sagrado que guarda la Custodia...se siente perturbado por no sentirse inmaculado; llora por sus pecados y le pide al Dios  allí enjaulado que le perdone el daño que ha causado; ha pecado matando un corazón enamorado.

Un hombre. 
Por la fe abandonado, perdido el concepto de pecado... la maravilla y el asombro  han muerto en su interior, no necesita a dios lo puede todo y pasa por el sagrario sin temor, por pasar, pasa como quien pasa por la puerta de la casa de al lado; solo vive el ahora y el pasado no pesa ni acobarda.  ¡Es un río que desborda!

Un viejo.
Tras la enrejada puerta, arrastrando los pies por las losas de mármol y con la mochila del pasado... entre paredes de losas de Sevilla, está quieto y callado, postrado ante la Maravilla; se acuerda de aquel niño, añora aquel adolescente y ya en paz con el hombre y con toda esa experiencia... se mira la punta de los pies y ante el altar dorado donde se guarda a Dios como enjaulado, quiere estar con su Dios. Ya ha terminado.