viernes, 25 de septiembre de 2015

17 PASOS



La oscuridad y el olor de vasija de barro, la acritud de lo antiguo, y el aire viciado por los años me tiran para atrás; pero no puedo permitir que la angustia de lo que un día fue, me desanime.
El suelo antaño rojo es una ruina, partido y cuarteado se diría que llora sangre o se rompió de llorar lágrimas vivas. El grifo de la puerta de la calle lleno de telarañas y el cubo de transportar el agua a la tinaja, arrinconado, solo, triste, muy a pesar de su sonrisa de asa. El zócalo aun resiste a borrarse de la pared blanca, ya no me parece tan alto el dintel que lo separa del portal del medio y donde todavía descansa colgada en su alcayata, la virgencita de plástico azul desvaído… De un salto la toco con los dedos índice y corazón y los beso con devoción antigua.
El zaguán quedó atrás, pero lo arrastro a mí en una contorsión preciosista, un ejercicio de estiramiento eurítmico difícil de narrar; estoy navegando por mi casa y puedo permitírmelo. 
En la segunda estancia, casi a tientas y donde tanto tiempo me pasé soñando se hizo la noche; pero a estas alturas de la casa ya estoy acostumbrado a la penumbra. Me gustaba escuchar los sonidos del mundo y con intensidad escucho. La mecedora negra, donde cuando pequeño fui acunado, se mueve como si un viento invisible impulsara su abrazo… Las primeras canciones: nanas para dormir, nanas para consolar algún dolor y nanas para reír de felicidad, las manos de mi madre y el techo de vigas de madera balanceándose al compas de su canto. 
Allí: los pañitos de macramé, los maceteros junto a la dama del cuadro, las pilistras o apidistras, las costillas de Adán, la pequeña estanterías con mis libros, la fotografía de mi difunto hermanito Antonio y la fotografía de mi de hermanito Antonio vivo, la camita de mueble plegable y mi flauta; me costaba dormir en el rincón aquel donde temía tanto no poder ver ya más.
El cuarto de mi madre y mis hermanos pequeños, con la enorme fotografía de mis abuelos; él, sonriendo pillín como si hubiese hecho una trastada y mi abuela burlándose seguramente del fotógrafo por algún rasgo imposible de su anatomía y cercados los dos por un aura de daguerrotipo oxidado…, y aun escucho por ahí que en las fotografías antiguas no se sonríe.
La ultima pieza de la casa, donde una pequeña mesa camilla con cuatro sillas, un pequeño aparador donde descansaba un viejo televisor Marconi, el cuarto de mi padre donde se pasaba las noches suspirando tristezas y la escondida cocina donde dormía el agua en la tinaja. Las cortinas de flores en el desvencijado cierre metálico que da al patio cierran por decirlo de una manera agradable los diecisiete pasos de mi casa del pueblo… ¿Te acuerdas cómo querías a tus seres queridos cuando vivían contigo?