sábado, 23 de abril de 2016

ADIOS





La emoción de empezar...
Yo no quería volver.
Yo no me hubiera ido.
¡Jamás!
Pero el tiempo del reloj de la vida
inexorable marcha.
¡Cuantas despedidas!
Yo no quería marchar,
pero me iba.
Yo no quería partir...

Casi nunca existen alternativas cuando en el reloj marcan esas horas. En las horas de partir no existen más salidas… Las manos atadas, el gesto impasible o inexpresivo, derrotado por la hermosura de los días de alabastro y de frío.
La legión familiar del silencio… Jamás te diré nada, mira, mira y observa como se pasa el tiempo en este sonoro silencio. Yo jamás diré nada, tu, cerrarás los ojos, te abriré en canal y  sacaré la perla. Morirás sola, porque ya me habré ido… ¡Cuídate de asomarte demasiado al pozo de todos los recuerdos! 
¡Qué sonrisa más bonita la que tenía mi madre hacia los suyos! A veces, cuando llegaba a casa y no estaba; bien porque hubiese salido a realizar sus compras o porque se hubiera entretenido charlando en casa de alguna vecina, le esperaba sentado en el umbral solo por darme el gusto de admirarla.
Recuerdo la mañana que acompañé a mi madre a la estación de Tarragona, cogía un tren con destino a su muerte, ella lo sabía, y se despedía de mi con estas palabras… ¿Entonces hijo… Ya no te veré más? Sin rodeos, como siempre, nada de andarse por las ramas… Lo decía besando mis manos y con aquella sonrisa triste en sus ojos. ¡Entonces hijo… Ya no te veré más...! Amen.